5-EL FANTASMA EN LA MÁQUINA
07-Jul-2011
Recuerdo… recuerdo cómo llegaste hasta aquí. Resulta difícil recomponer el cuadro con fragmentos… tan pequeños. Frágil como el cristal, mi mente rota. Cuando menos lo esperas, de entre las manos confiadas, cae al suelo. La confianza es ceguera, negar la oscuridad que nos sostiene. Ya no quedaba nadie a mi lado. Olvidé los nombres, las palabras, replegado sobre mí mismo para protegerme del frío. La humanidad eran esos seres lejanos, extraños. A nadie le importaba que viviera o muriera; dudo que tampoco me importara mucho a mí. Se puede estar muerto mientras se respira.
Recuerdo… haber matado, como radical forma de llamar la atención. Sólo para sentir de nuevo el calor humano, la sangre, los golpes. Sentirme vivo otra vez. Pero el alma se fue desvaneciendo por el camino, perdiéndose en hilachos de niebla. El pozo, tan profundo, de la oscuridad. Nunca se llega al fondo; sólo se puede flotar y hundirse, un poco más, en la negrura. Hasta que no se distingue el propio cuerpo, y se forma parte de ella. ¿Fue así el origen? Y a él volvemos, como a una memoria escondida.
Recuerdo… haber subido a la azotea. La brisa de la noche, como un milagro para los sentidos. Cerrar los ojos, y fundir mi oscuridad con la de afuera. Y mi voz hablando, preguntando con palabras sin sonido, dibujadas en la mente. ¿Quién habla en verdad, a quién, para qué? Como un eco en el abismo nocturno de las montañas. Hablar conmigo mismo, ese desconocido para darle sentido a lo que ya no lo tiene. Con el corazón muerto, bailo sobre un pie, luego sobre el otro; justo al borde. Y me carcajeo, como si hubiese descubierto de repente que la vida es justo este juego suicida. ¿Es valentía, o cobardía saltar? Qué importa. Sólo sé que es el único lugar que jamás he pisado. Y avanzo hacia el infinito…
Recuerdo… el dolor. Ah, tan inmenso, abrumador… que gritar resulta imposible. ¿Es esto morir? ¿Nacer? No puedo moverme, pero cada nervio es como un hilo incandescente que me recorre, el éxtasis de la carne abierta, bañada en sangre. Escucho voces, ruidos, como a través de un mar revuelto. Siento que me elevan; el dolor me sacude, torturante. Pero podría llorar de felicidad. He tenido que saltar al infinito para que mis hermanos, los hombres, quisieran volver a mi lado.
Recuerdo… que despertaba y dormía, una y otra vez, siempre en un lecho de dolor. Me hablaban y yo respondía, como en sueños; no recuerdo nada de lo que dije, salvo una cosa: que volvería a saltar, una y mil veces, hasta fundirme con la verdad de lo que nos oculta el universo. Luego, dormía…
Recuerdo… que un día, al despertar, el dolor había desaparecido por completo… Tampoco sentía ninguna emoción en especial, como si me las hubiesen estirpado todas, dejando por restos un ánimo neutralizado. Por eso creo que no me sorprendió ver que mi cuerpo había desaparecido. Estaba integrado en la torreta de un vehículo de combate, una especie de helicóptero, según me pareció; y sentía su blindaje azulado de la misma forma que antes sentía mi piel. Igual que sentía de nuevo las ganas de matar, de disparar sobre cualquier objetivo que tuviese delante. Como si hubiese nacido justo para eso, y ninguna otra acción en el mundo me pudiese brindar mayor satisfacción.
Recuerdo… mis últimos momentos sobre la Tierra, mientras nos cargaban en el crucero de batalla que nos conduciría a las estrellas. El cerebro principal del vehículo me transmitía datos, por miles, acerca de la naturaleza de las misiones que íbamos a emprender. Todas relacionadas con la exterminación de formas de vida nativas, allí donde las sondas exploradoras indicaron –siglos atrás– que los hombres podrían asentarse, como en un nuevo renacer.
Es curioso pensar cómo fui salvado por la humanidad, transformado y reutilizado por ella para sus fines –que ahora son los míos–, como el cordero que escapó del redil. Han sabido aprovechar mi esencia homicida para el bien común y el mío propio; así fuera un organismo gigantesco que no desdeña ni a la más defectuosa de sus células. Doy gracias cada día por pertenecer a esta masa biológica depredadora, que nada a conseguido detener aún.
Estoy deseando matar bajo la luz de otros soles.
4-TE QUIERO
14-Feb-2010
Era un día precioso. El cielo sobre nuestras cabezas era un mar en calma; el campo resplandecía de un verde luminoso. Paseábamos por un sendero de tierra, ella me rodeaba la cintura con su brazo. Susurró:
–Te quiero.
Yo la achuché un poco más contra mí. Después la miré a los ojos, que rebosaban ternura.
–Dicen los expertos que ni siquiera podemos conocernos a nosotros mismos ¿Cómo estás tan segura de que en verdad me quieres?
–¿Estás tonto, no? –y sus dientes rieron.
–Venga, en serio… ¿Por qué me quieres?
Se paró y me puso una mano en la mejilla, para acorralarme con su mirada azul.
–Porque lo que sé y veo en ti me sobra y me basta para quererte con toda mi alma. Presupongo que lo que jamás llegaré a conocer de ti será, al menos, la mitad de bueno que todo lo demás. Y lo certificó besándome en los labios.
La tomé de la mano y seguimos por el camino hacia mi casa.
Mucho presuponer, ¿no creen?
Todas las anteriores respondieron de una forma similar a mi pregunta, pero esta última fue, tal vez, la más entrañable. Resulta evidente que todas se equivocaron.
En la frescura del sótano guardo sus ojos, cada par en una cajita de madera con sus respectivos nombres tallados sobre la tapa. A veces me pregunto qué verán ahora desde el otro lado.
Cuántas presunciones erróneas, cuántas ideas para transformar la realidad a nuestra conveniencia, para no verla tal y como es.
Por algo dicen que el amor es ciego.
3-UN SUEÑO LÚCIDO
11-Ene-2010
Estoy dormido, sé que por eso mi cuerpo no responde. Pero dentro del sueño soy consciente, estoy despierto. Dirijo mis palabras, mi pensamiento; sé lo próximo que voy a decir. Me domina una extraña emoción, porque en este sueño lúcido, mi consciencia se ha convertido en un foco de luz que se adentra en la oscuridad de la vigilia ¡Veo, comprendo sus secretos! Ahora los enigmas parecen puzzles resueltos.
Y siento que mi razón desea escapar.
La realidad es un sueño consensuado, y la razón una armadura viva de lógica y palabras.
Pero aquí se desmorona entre gritos de dolor, por no tener a quien engañar, por no poder cumplir el único objeto de su existencia. Y me abismo, desamparado, en la realidad tras la realidad.
Mi cuerpo es un enjambre, no la unidad que afirmaba la razón. Un enjambre compuesto por millones de seres vivos; puedo sentir a cada célula, todas bien juntas, extendiéndose por kilómetros de piel. Siento el terror que las impulsa a unirse, conscientes de su insignificancia, del frío, del vacío que las rodea. Eligieron a un líder supremo, invisible, al que llaman “yo” al que obedecen instantáneamente como un sólido ejército sin ojos. Ignoran que yo las dirige por desgastados senderos que otros líderes del pasado trazaron en la realidad.
¿Yo soy el líder? ¿El líder soy yo?
Noto que el líder intenta hablar, lanzar una de sus indiscutibles órdenes al ejército de células, que se remueve inquieto. Noto que el pánico lo estremece, cuando surge un borbotón de sangre por el cuello, en lugar de palabras.
Alguien le ha rajado la garganta al líder.
No tiene ojos, no tiene manos; pero los siento desorbitados, las noto empapadas, rojas. Se aferran, taponan; vuelve a intentar una orden desesperada, pero ya es un río caliente, pegajoso, lo que mana, y un mar embravecido de horror lo arrastra sin retorno.
Las células no han visto nada, pero sienten, comprenden que algo va mal, terriblemente mal. Comienzan a moverse, a sacudirse unas contra otras con malestar y violencia. En el caos resultante, en la oscuridad de su entendimiento, se desligan, se separan cada vez más lejos. Pronto recuerdan el frío, el vacío, que las condujo a unirse. Pero no escuchan ninguna voz, nada que las dirija. El líder ha callado; y en ese silencio sólo pueden sentir un terror pulsante y desconocido. Demasiado tarde, serán conscientes de su irreparable error: la perdición es inevitable caminando sin compañía. El ejercito comienza su disolución.
Mi cuerpo es un enjambre de insectos microscópicos y enloquecidos. Algunos chocan entre sí durante la huida y conforman gusanos, que pronto desaparecen. Todo mi organismo se disgrega, se evapora en una nube gigantesca, sin que pueda hacer nada por impedirlo. Mi voz pierde fuerza, mientras siento mi conciencia diluirse en un océano de negrura.
Una luz me golpea por dentro.
Comprendo que morir es un sueño blanco.
Un sueño lúcido.
Estoy dormido, s
2-ANTES DE NACER
21-Nov-2008
Isabel estaba echada en el sofá, viendo un insulso programa de tarde en la televisión. Notaba los movimientos de su hijo en el interior de su abultadísima barriga. Y sonreía, imaginando cómo sería tenerlo acurrucado entre sus brazos dentro de poco tiempo. Miguel entró en el salón, con una carpeta en la mano. Rodeó el sillón para ir a sentarse a su lado y le pasó un brazo protector sobre los hombros.
–¿Te encuentras bien? ¿Quieres que te traiga algo?
–Ya estás tú aquí. Es todo lo que necesito –y le besó.
¡Hola chico! Qué a gusto se está aquí dentro ¿verdad? Aunque algo oscuro, tu madre no es del todo transparente…jeje. He venido a visitarte, a traerte un regalo, ahora que estás a punto de salir ahí fuera, al teatro del mundo…
Isabel le tomó la mano y la apoyó suavemente sobre su barriga. Él entorno los ojos, mientras se le dibujaba una inmensa sonrisa.
…y antes de que vengan a manipularte los del lado luminoso. El juego ya comenzó hace siglos ¿sabes? Y esta vez tu sangre no estará con el bando equivocado. Puedes estar orgulloso, chico, porque no cogemos a cualquiera en nuestras filas…
–Se ha movido…–dijo él, mirándola.
–Es que ha sentido la mano de su cariñoso padre…–susurró ella.
Tus padres han hecho de ti toda una promesa, créeme. Me he dado una vuelta por las ramas de tu árbol genético y…¡wow! ¡qué recuerdos! Tu tatarabuelo por vía paterna, por ejemplo, nos dio grandes alegrías….¡jo! no veas cómo manejaba el hacha…por no hablar de su bisabuela, la señora Tejeda, que ahogó en barro a sus defectuosos retoños de la luz, sin miramientos…qué gran mujer…
–¡Oh! ¿lo has sentido? ¡vaya patada!
–Desde luego, si sigue así me va a causar lesiones internas –rió. Éste va para deportista.
–El orgullo de su padre…
Pero dejémonos de nostalgias: tú superarás a todos ellos, ya lo verás. Permíteme que meta las manos en tu pequeño cerebro…
–¡Ah!
–¿Qué ocurre, cariño?
…Para extraerte un par de cosas que tienes ahí y que no te sirven para nada. A ver…un momento…ya está. Perfecto.
–Uh…creo que nada. Lo he sentido moverse bruscamente, como si hubiese querido darse la vuelta.
–¿Y ahora? ¿sientes algo, algún dolor?
–Nada…nada…ha sido solo un susto. Ya parece tranquilo.
Bueno, chico, parece que ya estás del todo preparado. En cuanto puedas, comienza a cosechar méritos; recuerda que eres nuestro campeón. Yo volveré a visitarte de vez en cuando, a lo largo del tiempo. Nos vemos…
La última enfermera abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Isabel estaba recostada en la cama, con el bebé mamando de su pecho, y Miguel sentado en una silla a su lado acariciándole la cabecita pelona. Ambos lo miraban con deleite y podían pasarse horas así, observándolo en completo silencio. Todo había salido bien, y éste era su momento. Profunda dicha y felicidad.
–¡Qué guapo es! –exclamó Isabel, dejándose llevar por la emoción. Y que despierto parece ¿verdad?
–Sí, desde luego…la belleza de la madre y la inteligencia del padre –rió Miguel.
–De todos nuestros nombres favoritos ¿cuál te parece que le queda mejor?
Miguel dejó que su chispeante alegría fuese amainando, y quedó pensativo durante un largo rato, como si en el rostro de su hijo estuviese escrito su nombre con letras invisibles. Al fin habló:
–Jesús. Me encanta este nombre para él.
–Sí, es muy bonito –Confirmó Isabel, meciendo a su primogénito, emocionada.
Se besaron con cariño, felices como nunca antes lo habían sido.
Mientras él los miraba con fijeza.
Sin pestañear.
1-COLMENA
28-Ene-2008
Despierto cabeza abajo. No…no puedo mover los brazos…ni las piernas…nada en mi cuerpo ¡Cielo santo! Soy un ovillo de…una masa de…algo correoso, de cuello para abajo. ¿Qué me han hecho? Oh Dios…sólo espero que mi cuerpo siga ahí dentro, aunque no lo sienta. ¿Y qué lugar es éste? Colgamos de un techo que no alcanzo a ver. A mi izquierda, a mi derecha, también enfrente y por encima, por debajo de mí…miles de nosotros…a lo largo de todo ese pasillo infinito. Y todos parecen dormidos, profundamente dormidos o…tal vez muertos. ¿Qué pesadilla es ésta? ¿Por qué he tenido yo que despertar? Consigo bambolearme un poco para chocar con la masa de mis vecinos. La tira de carne de la que cuelgo vibra, parece un cordón umbilical, largo y repugnante. Un hombre mayor que yo está a mi izquierda, una chica joven a mi derecha, pero ninguno despierta cuando les toco, ni hacen el menor gesto, puede que ni siquiera respiren…
¡Silencio! Escucho pasos, un repiqueteo de pasos que se acercan. Debe ser un grupo numeroso para sonar así. Llegan por la izquierda, cada vez más fuerte, pronto podré verlos. Parece que vienen hablando entre ellos. Su lengua es una cruda mezcla de chillidos agudos y bramidos guturales; es desagradable y brutal. La sangre me pulsa por toda la cabeza, estoy muerto de miedo. Espero que este maldito movimiento de péndulo haya parado cuando lleguen; me voy a delatar…se van a fijar en mí…Respiro hondo, pongo cara de muerto y cierro los ojos, dejando una ligerísima ranura entre los párpados. Estoy a buena altura, así que espero que no lo detecten, porque tengo que verlos. Tengo que ver quién nos ha hecho esto, qué hacemos aquí.
Al fin llegan, los vislumbro entre mis pestañas; y mi mente no comprende lo que ve. No…no existen seres así, no…deberían existir; y si los viese al derecho, creo que sería aún peor. Siento el corazón explotar, la cara enrojecida como una bomba de sangre, y me muerdo la lengua para no gritar. Dios…cuántas patas tienen…vienen tanteando, a un lado y al otro, se detienen, observan –si es que son ojos esas cosas negras sobre los segmentos–, prosiguen, mientras sus voces me golpean, salvajes, directamente en el interior del cerebro. El movimiento se transmite como olas en el mar y giramos, nos retorcemos…como una gigantesca tienda de relojes, indignos, como reses en el matadero.
Se detienen, a unos metros ahí abajo, a mi derecha. Me estremezco de pura repulsión, sin poder evitarlo. Tocan con sus patas, discuten –eso es lo que parece– con esa voz aterradora. Vuelven a tantear…mientras entrechocamos unos con otros. Rezo con todas mis fuerzas una oración silenciosa…ruego que Dios me oiga, que se marchen cuanto antes. Pero no se van. En lugar de eso, uno de ellos activa algo que parece una lanza de luz en sus patas de insecto. Y con un arco fugaz que se impregna en mis retinas, secciona el cordón de un durmiente, que golpea el suelo con un impacto húmedo, seguido de un chorro de líquido amarillento, pastoso, que escupe el cordón, ensuciando el pasillo metálico. El hombre empieza a gritar, no sé si por el dolor, por el terror que le causa lo que le rodea o, más probable, la combinación de ambos. Lo levantan entre todos del suelo y comienzan a marchar con él hacia la derecha. Grita y grita, sigue gritando sin poder parar; está completamente aterrorizado, pues intuye hacia donde apunta su destino. Se alejan, pero sus gritos siguen resonando en esta inmensidad, sin más respuesta que su propio eco, sin que nadie pueda hacer nada por él. El alivio de sentirme a salvo temporalmente se ha tornado angustia: su desesperación se me ha clavado hondo, y aún me parece estar escuchándolo, solo y perdido, como me encuentro yo ahora ¿Es esto lo que, tarde o temprano, nos aguarda a todos?
La iluminación se ha hecho más tenue. Y me pregunto dónde estaremos ¿Un subterráneo? ¿Una nave especial? ¿Una despensa? No soporto más este silencio, esta espera; forcejeo con todas mis fuerzas, en vano: estoy fundido en este bloque. La sangre me fluye rabiosa, tengo que gritar, al menos eso sí puedo hacerlo: “¡Eeeehh! ¿Alguien me oye? ¡¡Por favor, contestad!!” Por un segundo, mi esperanza se ilumina, creo escuchar algo a lo lejos. Pero no tardo en comprender que es mi propia voz, en su viaje de vuelta…
Siento la sangre acumulándose en mi cabeza, las lágrimas goteando hacia abajo, pura impotencia y miedo. Grito hasta que mi garganta parece quebrarse, ya no me importa nada; puede que así consiga despertar de esta pesadilla…pero no puedo engañarme: ya estoy despierto…
Estoy despierto…¡Maldita sea! ¿Cómo es posible? ¡Estoy despierto! ¡¡YA ESTOY DESPIERTO!!
Y vuelvo a escuchar voces por el pasillo.