CUENTOS BREVES (2)
2-ANTES DE NACER
Isabel estaba echada en el sofá, viendo un insulso programa de tarde en la televisión. Notaba los movimientos de su hijo en el interior de su abultadísima barriga. Y sonreía, imaginando cómo sería tenerlo acurrucado entre sus brazos dentro de poco tiempo. Miguel entró en el salón, con una carpeta en la mano. Rodeó el sillón para ir a sentarse a su lado y le pasó un brazo protector sobre los hombros.
–¿Te encuentras bien? ¿Quieres que te traiga algo?
–Ya estás tú aquí. Es todo lo que necesito –y le besó.
¡Hola chico! Qué a gusto se está aquí dentro ¿verdad? Aunque algo oscuro, tu madre no es del todo transparente…jeje. He venido a visitarte, a traerte un regalo, ahora que estás a punto de salir ahí fuera, al teatro del mundo…
Isabel le tomó la mano y la apoyó suavemente sobre su barriga. Él entorno los ojos, mientras se le dibujaba una inmensa sonrisa.
…y antes de que vengan a manipularte los del lado luminoso. El juego ya comenzó hace siglos ¿sabes? Y esta vez tu sangre no estará con el bando equivocado. Puedes estar orgulloso, chico, porque no cogemos a cualquiera en nuestras filas…
–Se ha movido…–dijo él, mirándola.
–Es que ha sentido la mano de su cariñoso padre…–susurró ella.
Tus padres han hecho de ti toda una promesa, créeme. Me he dado una vuelta por las ramas de tu árbol genético y…¡wow! ¡qué recuerdos! Tu tatarabuelo por vía paterna, por ejemplo, nos dio grandes alegrías….¡jo! no veas cómo manejaba el hacha…por no hablar de su bisabuela, la señora Tejeda, que ahogó en barro a sus defectuosos retoños de la luz, sin miramientos…qué gran mujer…
–¡Oh! ¿lo has sentido? ¡vaya patada!
–Desde luego, si sigue así me va a causar lesiones internas –rió. Éste va para deportista.
–El orgullo de su padre…
Pero dejémonos de nostalgias: tú superarás a todos ellos, ya lo verás. Permíteme que meta las manos en tu pequeño cerebro…
–¡Ah!
–¿Qué ocurre, cariño?
…Para extraerte un par de cosas que tienes ahí y que no te sirven para nada. A ver…un momento…ya está. Perfecto.
–Uh…creo que nada. Lo he sentido moverse bruscamente, como si hubiese querido darse la vuelta.
–¿Y ahora? ¿sientes algo, algún dolor?
–Nada…nada…ha sido solo un susto. Ya parece tranquilo.
Bueno, chico, parece que ya estás del todo preparado. En cuanto puedas, comienza a cosechar méritos; recuerda que eres nuestro campeón. Yo volveré a visitarte de vez en cuando, a lo largo del tiempo. Nos vemos…
La última enfermera abandonó la habitación, cerrando la puerta tras de sí con suavidad. Isabel estaba recostada en la cama, con el bebé mamando de su pecho, y Miguel sentado en una silla a su lado acariciándole la cabecita pelona. Ambos lo miraban con deleite y podían pasarse horas así, observándolo en completo silencio. Todo había salido bien, y éste era su momento. Profunda dicha y felicidad.
–¡Qué guapo es! –exclamó Isabel, dejándose llevar por la emoción. Y que despierto parece ¿verdad?
–Sí, desde luego…la belleza de la madre y la inteligencia del padre –rió Miguel.
–De todos nuestros nombres favoritos ¿cuál te parece que le queda mejor?
Miguel dejó que su chispeante alegría fuese amainando, y quedó pensativo durante un largo rato, como si en el rostro de su hijo estuviese escrito su nombre con letras invisibles. Al fin habló:
–Jesús. Me encanta este nombre para él.
–Sí, es muy bonito –Confirmó Isabel, meciendo a su primogénito, emocionada.
Se besaron con cariño, felices como nunca antes lo habían sido.
Mientras él los miraba con fijeza.
Sin pestañear.
1-COLMENA![]()
Despierto cabeza abajo. No…no puedo mover los brazos…ni las piernas…nada en mi cuerpo ¡Cielo santo! Soy un ovillo de…una masa de…algo correoso, de cuello para abajo. ¿Qué me han hecho? Oh Dios…sólo espero que mi cuerpo siga ahí dentro, aunque no lo sienta. ¿Y qué lugar es éste? Colgamos de un techo que no alcanzo a ver. A mi izquierda, a mi derecha, también enfrente y por encima, por debajo de mí…miles de nosotros…a lo largo de todo ese pasillo infinito. Y todos parecen dormidos, profundamente dormidos o…tal vez muertos. ¿Qué pesadilla es ésta? ¿Por qué he tenido yo que despertar? Consigo bambolearme un poco para chocar con la masa de mis vecinos. La tira de carne de la que cuelgo vibra, parece un cordón umbilical, largo y repugnante. Un hombre mayor que yo está a mi izquierda, una chica joven a mi derecha, pero ninguno despierta cuando les toco, ni hacen el menor gesto, puede que ni siquiera respiren…
¡Silencio! Escucho pasos, un repiqueteo de pasos que se acercan. Debe ser un grupo numeroso para sonar así. Llegan por la izquierda, cada vez más fuerte, pronto podré verlos. Parece que vienen hablando entre ellos. Su lengua es una cruda mezcla de chillidos agudos y bramidos guturales; es desagradable y brutal. La sangre me pulsa por toda la cabeza, estoy muerto de miedo. Espero que este maldito movimiento de péndulo haya parado cuando lleguen; me voy a delatar…se van a fijar en mí…Respiro hondo, pongo cara de muerto y cierro los ojos, dejando una ligerísima ranura entre los párpados. Estoy a buena altura, así que espero que no lo detecten, porque tengo que verlos. Tengo que ver quién nos ha hecho esto, qué hacemos aquí.
Al fin llegan, los vislumbro entre mis pestañas; y mi mente no comprende lo que ve. No…no existen seres así, no…deberían existir; y si los viese al derecho, creo que sería aún peor. Siento el corazón explotar, la cara enrojecida como una bomba de sangre, y me muerdo la lengua para no gritar. Dios…cuántas patas tienen…vienen tanteando, a un lado y al otro, se detienen, observan –si es que son ojos esas cosas negras sobre los segmentos–, prosiguen, mientras sus voces me golpean, salvajes, directamente en el interior del cerebro. El movimiento se transmite como olas en el mar y giramos, nos retorcemos…como una gigantesca tienda de relojes, indignos, como reses en el matadero.
Se detienen, a unos metros ahí abajo, a mi derecha. Me estremezco de pura repulsión, sin poder evitarlo. Tocan con sus patas, discuten –eso es lo que parece– con esa voz aterradora. Vuelven a tantear…mientras entrechocamos unos con otros. Rezo con todas mis fuerzas una oración silenciosa…ruego que Dios me oiga, que se marchen cuanto antes. Pero no se van. En lugar de eso, uno de ellos activa algo que parece una lanza de luz en sus patas de insecto. Y con un arco fugaz que se impregna en mis retinas, secciona el cordón de un durmiente, que golpea el suelo con un impacto húmedo, seguido de un chorro de líquido amarillento, pastoso, que escupe el cordón, ensuciando el pasillo metálico. El hombre empieza a gritar, no sé si por el dolor, por el terror que le causa lo que le rodea o, más probable, la combinación de ambos. Lo levantan entre todos del suelo y comienzan a marchar con él hacia la derecha. Grita y grita, sigue gritando sin poder parar; está completamente aterrorizado, pues intuye hacia donde apunta su destino. Se alejan, pero sus gritos siguen resonando en esta inmensidad, sin más respuesta que su propio eco, sin que nadie pueda hacer nada por él. El alivio de sentirme a salvo temporalmente se ha tornado angustia: su desesperación se me ha clavado hondo, y aún me parece estar escuchándolo, solo y perdido, como me encuentro yo ahora ¿Es esto lo que, tarde o temprano, nos aguarda a todos?
La iluminación se ha hecho más tenue. Y me pregunto dónde estaremos ¿Un subterráneo? ¿Una nave especial? ¿Una despensa? No soporto más este silencio, esta espera; forcejeo con todas mis fuerzas, en vano: estoy fundido en este bloque. La sangre me fluye rabiosa, tengo que gritar, al menos eso sí puedo hacerlo: “¡Eeeehh! ¿Alguien me oye? ¡¡Por favor, contestad!!” Por un segundo, mi esperanza se ilumina, creo escuchar algo a lo lejos. Pero no tardo en comprender que es mi propia voz, en su viaje de vuelta…
Siento la sangre acumulándose en mi cabeza, las lágrimas goteando hacia abajo, pura impotencia y miedo. Grito hasta que mi garganta parece quebrarse, ya no me importa nada; puede que así consiga despertar de esta pesadilla…pero no puedo engañarme: ya estoy despierto…
Estoy despierto…¡Maldita sea! ¿Cómo es posible? ¡Estoy despierto! ¡¡YA ESTOY DESPIERTO!!
Y vuelvo a escuchar voces por el pasillo.